Lo dijo Sócrates y lo confirmó Platón. Y qué suerte que así fue, ya que Sócrates no escribió nada, y lo que sabemos de él, lo sabemos justamente por Platón y por Jenofonte.

Según el oráculo de Delfos, Sócrates era el hombre más sabio de Grecia. Dicen, incluso, que fue el sabio más sabio de la Antigüedad.

Eso sí, era feo, bastante feo. Para el que quiera corroborarlo, el busto de este ateniense, hijo de escultor y partera, se conserva en el museo del El Louvre.

Llegado el momento, se casó con Jantipa, una mujer que lo retaba constantemente por descuidar a su familia. Le gustaba la bebida y la compañía humana, no las presiones. Amaba leer y enseñar. Andaba descalzo y, siempre, con la túnica raída (para usted que entiende; un verdadero “schleper”).

Para aprender no leía, preguntaba. Era ateo, y dudaba de las ciencias físicas. Le disgustaba la tiranía y también la democracia. Creía en la lógica.
Sócrates sostenía: “El bien no es el bien porque los dioses lo aprueben, sino que los dioses lo aprueban porque es el bien”. Esto supone una revolución filosófica, y pone la verdad más cerca de lo práctico y terrenal que de lo abstracto y teológico (además, supone un importante grado de optimismo respecto de la calidad de los dioses, pero ese es un tema demasiado delicado para mis pretensiones).

Al perder Atenas la Guerra del Peloponeso, los conservadores se hicieron fuertes y decidieron eliminar a Sócrates, a quien se la tenían jurada por sus cuestionamientos a la familia y a las instituciones.

No teniendo mejores excusas, lo llevaron a juicio por “no creer en los dioses, y corromper a los jóvenes”. Ojo, esto de corromper a los jóvenes debe entenderse siempre en el terreno de las ideas. Frente al jurado de 501 ciudadanos hablaron los acusadores, y luego lo hizo Sócrates. Finalmente votaron y fue condenado por 281 votos a 220. La sentencia a su vez también debía ser votada. Esta vez la intervención de Sócrates fue una burla. De modo que lo condenaron a muerte bebiendo la cicuta (planta parecida al perejil, cuya ingestión no te la recomendamos si es que quieres permanecer entre nosotros).

Cuentan quienes asistieron a la ejecución que Sócrates era el que estaba más tranquilo. Pidió a sus amigos que dejaran de quejarse diciendo: “¿Qué es ese extraño grito? Mandé a las mujeres lejos para que no pudieran ofender este camino porque se me dijo que un hombre debería morir en paz. Estén tranquilos y tengan paciencia”.

¡A JUGAR!
Hablando de condenados y de autoridades tramposas. Un rey condena a una joven a casarse con él. Le da, sin embargo, una posibilidad de salvarse. Le dice que ha puesto en una bolsa dos guindas, una roja y la otra negra. Que si saca la negra morirá, pero que si saca la roja se salvará. La ceremonia de “sacada la guinda” ha de hacerse frente al pueblo. La joven sabe que el rey ha hecho trampa, y que ambas guindas son negras. En el lugar de la joven, ¿qué harías vos para salvarte? (Enviar la solución a direcció[email protected])

Fuente: Tomás Chinski, “Personajes asombrosos y juegos” , Editorial Acme S.A., 1998.-